Madrid, 1967
Artista plástico formado en la Universidad Complutense de Madrid que cuenta con más de tres décadas de trayectoria profesional. Desde 1990 expone de manera individual y colectiva en diversas instituciones y galerías, como Amparo Gamir, Del Sol ST, Fúcares, Barbarín, Garage Regium, la Sala Caja Sur de Algeciras, el Centro de Arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada, la Fundación Gregorio Prieto, la Sala de exposiciones Conde de Rodezno y el Palacio Episcopal de Málaga, entre otras. Su obra está representada en colecciones y museos como la Fundación Alberto Jiménez-Arellano Alonso, la Colección de la Universidad de Valladolid y la Colección Sudeste de Comisiones Obreras. A lo largo de su carrera, ha colaborado con el pintor Miguel Ángel Campano y ha sido becado en diferentes cursos y residencias formativas, entre los que destacan los cursos de verano del Monasterio de El Escorial con Luis Gordillo, la residencia en Villa Iris de la Fundación Marcelino Botín con el artista Mitsuo Miura, y su labor como artista ayudante de Paco Cortijo en el curso del Monasterio de San Clemente en Sevilla.
En este extenso recorrido, Pulido ha desarrollado un lenguaje propio en el que las herramientas de corte se transforman en sus instrumentos de dibujo. Si bien el uso de estos utensilios ha centrado su trabajo durante mucho tiempo, el creador nunca ha renunciado a la expresión pictórica; actualmente, su práctica propone una síntesis en la que los fragmentos recortados se combinan con elementos pintados con tinta china, acrílico, témpera y óleo. El artista concibe cada obra como un puzle donde las piezas —que en un principio pueden parecer inconexas o incluso contrarias— se reordenan para crear nuevos significados. Su proceso creativo se mueve así en una constante dualidad: en ocasiones actúa bajo una confrontación premeditada, mientras que, en otras, añade de forma intuitiva nuevos fragmentos que hacen crecer la obra de manera orgánica. Para él, este acto de encajar realidades opuestas funciona como una metáfora de la propia condición humana, pues el ser humano nace dividido por las experiencias y las máscaras del día a día, y es el arte el que permite reorganizar esas partes dispersas para recuperar la totalidad. Este mismo impulso de integración formal lo ha conducido, de manera natural, a desafiar los límites físicos del cuadro. Al eliminar el fondo y el marco clásico en algunos de sus trabajos, la obra escapa de sus fronteras habituales para interactuar directamente con la sala de exposición. Esta búsqueda de diálogo con el espacio contenedor lo ha llevado a encapsular las piezas en cajas de metacrilato y campanas de vidrio, logrando que la obra quede suspendida en el aire, flotando en el espacio y transformando el propio papel en un elemento tridimensional.