ARTE MODERNO: HELARTE POR EL ARTE I

El texto que viene a continuación es la introducción que preparé hace unos meses para una charla-debate que debía programarse para la primavera de 2026, y que no llegó a realizarse.

Esta convocatoria puntual para hablar de arte moderno y contemporáneo tiene dos intenciones: Una es servir a uno de los propósitos con los que abrí este centro, que es promover, en la medida de mis posibilidades, el acercamiento a un mundo mejor a través de la cultura. El segundo es atraer a personas interesadas o curiosas por el asunto artístico, y tentarlas para que se avengan a participar en una mesa de reflexión colectiva que celebramos mensualmente, con la intención de desentrañar los problemas y posibilidades de esta actividad tan curiosa… para acercarnos a un mundo mejor.

Hoy en día ya es casi una rareza, pero yo aún recuerdo escuchar en alguna sala de un museo aquello de “esto lo pinta mi hijo”, casi siempre delante de un cuadro de Joan Miró. La mayoría, en la actualidad,  ya no se atreve a expresar esta protesta en voz alta, pero aún hay mucha gente que lo sigue pensando. O, lo que es peor, ya ni se acercan a esos lugares en los que se exhiben piezas tan raras que no se explica uno cómo alguien medio formado las puede calificar de obras de arte.

Es una novedad muy curiosa que la mayoría de la sociedad ignore o se sienta ajena a las piezas artísticas que se producen dentro de ella. Desde los bajorrelieves mesopotámicos hasta los laberintos aborígenes australianos, pasando por la pintura románica medieval o los ídolos precolombinos, todas las sociedades de todas las épocas y lugares, comprendían y valoraban las manifestaciones creativas que destilaban las artistas autorizadas. Todas salvo la nuestra: la sociedad globalizada del presente.

¿Qué ha ocurrido para que se dé este fenómeno tan extraño? En mi opinión este divorcio se ha producido por la curiosa mezcla de Romanticismo e Ilustración que nos trajo el XVIII, eclosionó en el XIX y nos condujo a este larguísimo S. XX que, al menos en lo artístico, aún habitamos.

La Ilustración vino con una promesa de emancipación humana a través de la ciencia y el pensamiento (Diosa Razón, cantaba Barón Rojo hace casi 50 años). La democracia, la tecnología, la riqueza material, el laicismo, los derechos sociales, el Conocimiento… son los dulces frutos del jardín neoclásico que aún gozamos en 2026. Ya veremos cuanto duran.

El Romanticismo fue la salida de tono que esgrimieron los apasionados e insolentes jovenzuelos de la época ante tal despliegue de solemnidad. Se suele pensar que este segundo movimiento enterró al primero, y lo despidió con unos lingotazos de absenta, pero eso no es del todo correcto. La realidad es que había tal desconcierto en el XIX, tan difícil era vivir en un mundo en el que las normas obvias del dominio de los fuertes sobre los débiles parecía tocar a su fin, cuando la salud del propio Dios se hallaba tan perjudicada que moriría poco después, firmando un loco bigotudo su certificado de defunción, que todas las posibilidades, aún las que se contradecían entre sí, encontraron cumplimiento. Y el extraño matrimonio entre el cerebro y la emoción produjo un monstruo, bajo cuya sombra vivimos todavía.