La familia; ese espacio de pertenencia, descubrimiento de la identidad, y definición de la individualidad. Protectora, acogedora y castrante al mismo tiempo. El espacio en el que aparecemos, verdadero hogar de la mayoría, y lugar en el que se empieza a formar la personalidad.
Jesús, mi abuelo, era ingeniero, pero tenía una genuina inquietud por el asunto artístico. Cuando alguien llegaba a su casa por primera vez, le solía hacer un tour por su pequeña pinacoteca personal. También escribió un libro sobre los cuadros de Velázquez que se conservan en el Museo del Prado. No era exactamente un erudito, pero estas inclinaciones suelen encontrar eco en ls que vienen después.
Dos generaciones de artistas descendientes de Jesús cuelgan sus obras en las paredes de Proyecto Glocal. Las diferencias son muy evidentes; los desarrollos profesionales también, pero tods, cada cuál a su manera, hemos mantenido el interés por el asunto de la creatividad.
Ausencias y presencias que determinan lo que somos. Algo que se dijo en algún momento, sin que prestaran demasiada atención ls que escuchaban. Un gesto cariñoso, o una regañina a tiempo. Una imagen que se captó por el rabillo del ojo. Un anhelo o una nostalgia. Este tipo de cosas que aterrizan en el alma de las personas como al pasto el rocío, y que componen el delicado caleidoscopio del ser, se originan muchas veces en el entorno inmediato de la familia. Según una tesis romántica, todavía bastante aceptada, es la propia personalidad del/la artista lo que se posa en el lienzo, en la pantalla, en la piedra o el objeto que sea que sostiene físicamente a la obra creada.
Juan Iribas
