6 de septiembre de 2024
Os agradezco a todas que hayáis venido hasta aquí hoy. Mi idea es contaros cómo surgió este asunto y qué es lo que espero del mismo. También animaros a participar en él de la manera que os parezca mejor. Mi intención es soltaros una chapa al estilo Steve Jobs (las más jóvenes no sabréis quién es, me temo).
Primero el programa:
El plan que tengo para hoy, y por lo que os he convocado, es soltaros un rollo que me he preparado, ofreceros a cambio unas cervezas, vinos y patatas fritas, intentar engancharos con el proyecto, llevar a cabo una ceremonia de inauguración que es probable que salga mal, y tratar de venderos unas camisetas que tengo por ahí. He comprado un cenicero y lo he dejado en una banqueta en el exterior. Pido a las personas que fuman que echen las colillas ahí dentro, y no en las latas, que luego tardo una hora en sacarlas antes de echarlas a reciclar. También he preparado una bolsa de Ikea para el recliclaje. Os pido que las latas, o botellas, o bricks, tengan poco o nada de líquido dentro. Finalmente mi estudio está lleno de trastos, algunos de ellos un poco delicados. Podéis daros una vuelta por ahí si queréis, pero os ruego que tengáis cuidado, especialmente las niñas y niños que, por cierto, es preferible que juguéis en la calle.
Bueno, vamos allá. Le vengo dando vueltas a la cuestión del paso del tiempo (Está pasando, como reza en algunas de las camisetas), y de cómo ese paso va dejando manchas por todas partes. Estos últimos días he estado adecentando este espacio que, os lo creáis o no, estaba mucho más cochino de lo que se ve en estos momentos. Y mientras limpiaba y recogía, me decía a mí mismo: El viernes por la tarde va a venir toda esta gente a la que has invitado, y tendrás que contarles alguna cosa. Le quitaba la mugre a la mesa de ahí, y cavilaba que esta mesa ha venido, haciendo una larguísima travesía, desde el estudio de arquitectura que montó mi padre en los años 70. Recuerdo ir de pequeño y flipar con aquellos rotus, y aquellos cartabones. Trataba de arrancar un manchurrón de la mesa, y pensaba: Hace 45 años a alguien se le cayó un poco de tinta aquí, y ahora la estoy borrando con esta bayeta. Y ya está, ya se fue, y la mancha ya no existe. Luego fregué las sillas malignas de Ikea a las que se les rompe el respaldo. Las debieron comprar mis padres a principios de los dosmil. Lo mismo: Este churrete, que parece de ketchup, bien puede tener 20 años. Le dí con la bayeta y desapareció.
Cuando desayunaba con Yenny y con Mercedes el otro día, me preguntaron si había limpiado el local desde que se acabó la obra. Limpiaron los trabajadores antes de irse, les contesté. Eso no es limpiar, me respondieron ellas. Luego, barriendo los kilos y kilos de polvo me acordé de una escena de una peli americana. El actor principal es Cuba Gooding Jr y la peli cuenta la peripecia de un soldado negro que pretende ingresar en un cuerpo de élite del ejército de los Estados Unidos pero, como es negro, no están dispuestos a aceptarlo. La película es previsible y el mensaje es dudoso desde el punto de vista de la ética, pero lo que quería contar es cómo, en un momento dado, el engreído, racista y neurótico comandante que se empeña en cerrarle el paso al guapo Cuba, le explica a un subordinado algo sobre el polvo: El 85 % de lo que llamamos polvo —Le dice— en las casas, en las galerías de arte, en todas partes, lo produce nuestro cuerpo. No es más que piel muerta pulverizada. Son restos nuestros convertidos literalmente en mugre. Y me dio por pensar que las obras de arte, esos objetos tan valiosos, no son, o serán, más que rastros de nuestro propio paso por el Mundo. Y, fregando y barriendo, comprendí también que las artistas las realizamos con manchas, que vamos colocando con un poco de cuidado (Bueno, menos Willem de Kooning) en lienzos, en paredes o en pantallas, y que se convertirán en polvo tarde o temprano, y alguien las barrerá.
Las primeras obras de arte fueron grafitis que ponía la gente para testimoniar que alguna vez existieron y estuvieron allí, o bien eran manifestaciones de aquello que obsesionaba o preocupaba a las personas de hace 40.000 años. Desde Hegel sabemos (pero ya lo intuíamos de antes) que las obras de arte, además de resultarnos agradables, o divertidas, o escandalosas, son una explicación bastante eficaz de cómo fuimos. Y mirando a las sillas veinteañeras y a las mesas cincuentañeras, pienso que dan también un testimonio de cómo ya no somos. Que se nos olvida a menudo quiénes fuimos, y lo diferentes que somos ahora. Está pasando, que se puede leer en algunas de estas camisetas, parece que pone el énfasis en lo inmediato y, en fin, así es, pero también quiere señalar que los años veinte del S. XXI ya están yéndose, que la misma presentación del Proyecto Glocal se nos escurre entre los dedos. Y querría que sirviera también para ayudarnos a reflexionar sobre las cosas que hacemos, las aventuras a las que nos lanzamos, las batallas que damos para que los sueños se vuelvan reales. Pero también para pensar en esas otras ocasiones en las que preferimos quedarnos adormecidos en el sofá, en las veces que podríamos haber ayudado a un amigo o amiga, pero nos dio pereza. O, incluso, a alguien a quien ni siquiera conocemos. También esas ocasiones de hacer del Mundo un lugar mejor están pasando ahora mismo por delante de nuestras narices e, igual que las manchas de ketchup, ya se fueron; ya no están.
Hace unos años murió mi tía Purita y poco después murió su hermana, mi propia madre. Fue una tristeza muy grande, pero también la vida está pasando, y pasó, y hay que aceptarlo. El caso es que heredé un dinero. También vendimos la casa familiar y de pronto me vi forrado de pasta. Ahora, tres años después, comprendo que esa euforia de sentirme un hombre rico era muy exagerada, pero en aquél momento no tuve más remedio que afrontarme a mí mismo. Llevaba muchos años diciendo (normalmente entre los efluvios del alcohol) que si alguna vez tenía mucho dinero, yo no quería BMWs ni Rolex, que lo que me compraría si pudiera, sería tiempo. Obligado por las ebrias reflexiones de aquél fulano, viéndome de pronto con la capacidad real de librarme de la maldición de Adán, me atreví a dar el salto. Pedí una excedencia sine die de mi trabajo de profe, compré este local y me convertí en trabajador autónomo.
Resulta, además, que arrastraba desde hace más de 30 años la fantasía de organizar un espacio de encuentro para artistas; un lugar dónde poner en común nuestros intereses e inquietudes, y dónde se pudieran exponer nuestros esfuerzos creativos. Todas estas ideas peregrinas me parecían de pronto realizables.
Para colmo no padezco sólo veleidades artísticas, sino que sufro también de preocupaciones entre políticas y filosóficas. ¿Seguro que este sistema social es el único posible? Y, si no lo fuera, ¿es el mejor que somos capaces de organizar? E, incluso, ¿qué demonios significa mejor en este contexto? ¿Lo mejor para mí se parece a lo mejor para ti? Supongo que muchas personas a lo largo de los siglos han creído que el momento histórico que les había tocado vivir era de una gran trascendencia: Que si el Descubrimiento de América, que si la adopción del cristianismo por parte de Constantino, que si los Beatles… Como yo no soy una excepción, a mí también me da por pensar que estos días, que esta época, nos plantea retos gigantescos y que, dependiendo de cómo caiga finalmente la moneda, podremos pasar a la siguiente pantalla o bien caer en la barbarie, en la indolencia y, aún, en la extinción pura y dura. Tenemos muchos motivos para inquietarnos: Las guerras, la crisis climática, la AI… Pienso que estos problemas o estas incertidumbres se resolverían mejor si fuéramos capaces de acordar en qué consisten realmente, y de qué manera podríamos encararlos. Desgraciadamente estos tiempos convulsos coinciden también con una ausencia casi total de consensos. Igual estoy exagerando, pero justo cuando la situación es más preocupante, cuando nos vendría mejor que nunca poner nuestras inteligencias y capacidades a colaborar, es cuando más sordos estamos a las propuestas de los demás. Con frecuencia preferimos hacer equipo con aquellas personas o aquellas ideas que consideramos las nuestras, hasta el punto de que llegamos a justificar o perdonar casi cualquier desmán si se ha producido en nuestras propias filas, y en cambio nos rasgamos trágicamente las vestiduras cuando los desmanes vienen de parte de nuestros adversarios. La pertenencia, la identificación, la identidad con la que nos vestimos, conforman sin duda otro de los temazos que nos convendría revisar. Dejadme que os cuente un chiste:
Resulta que, en cierta ocasión, Dios mismo estaba decretando las dos virtudes de las que gozarían los habitantes de cada una de las naciones del Orbe, y San Pedro le hacía de escribiente.
—Apunta, Pedro: Las personas de Inglaterra serán puntuales y bien educadas.
En guardián de las llaves del Reino tomó nota diligentemente, y Dios continuó con sus laudos.
—Las francesas serán elegantes y amantes de la buena cocina, y las de Alemania serán ordenadas y trabajadoras.
El buen pescador lo escribía todo en un larguísimo pergamino.
—Y las de España serán buenas, inteligentes y del PP.
Aquí San Pedro levantó la cabeza, y se atrevió a protestar.
—Pero, Señor, habíais dicho que concederíais dos méritos a cada pueblo, y a los españoles les habéis dado tres.
—Tienes razón, hijo mío, pero lo dicho, dicho queda. Lo que haremos es que cada persona de ese país sólo podrá disfrutar de dos de estas tres virtudes.
Cuando me contaron este chiste recuerdo que lo encontré muy divertido (en realidad todavía me hace gracia, lo confieso), pero con el tiempo he podido comprobar que es simplemente falso que las otras personas, las que son diferentes, sean estúpidas o malvadas. Es más bien que nos negamos a escucharlas, a tratar de entenderlas, y a buscar la verdad en medio de la maleza. Solemos estar muy seguras de nuestras convicciones y nos resistimos a cuestionarlas, y más aún a que las cuestionen otras, pero así es muy difícil ponerse de acuerdo con las personas que piensan diferente. Tal vez podríamos atrevernos a dialogar con ellas adoptando una actitud abierta que permita revisar lo que creemos que sabemos. ¿Es real el cambio climático producido por la especie humana, o no es más que un truco comercial para vendernos coches eléctricos? O, peor aún, ¿una estrategia malintencionada de los ideólogos de izquierdas para arrastrarnos a cambios sociales que no son capaces de vender en sus programas electorales? ¿La libertad consiste en poder mostrarte al mundo tal como eres y en hacer con tu cuerpo lo que prefieras, o en construir edificios en parajes exóticos? ¿El feminismo era razonable al principio, pero está tensando demasiado la cuerda y ya nos estamos pasando?
Al fondo de este local estoy tratando de organizar mi estudio de pintor y tendré también la oficina desde la que pretendo organizar una galería de arte convencional. Ésta va a ser la sala de exposiciones y, desde ya, quedáis invitadas a la inauguración de la primera exposición de la temporada 24/25, que se titula BBAA 92’ (con el apóstrofe en un sitio raro), el próximo sábado 14 de septiembre. ¡No faltéis! En octubre tendremos a un joven y prometedor artista, Nicolás Bazaco, y en noviembre a una maravillosa artista turca, Aylin Önel. Ya casi está lista nuestra página web y también podéis seguirnos en Instagram.
Pero además de la galería de arte voy a intentar que este local sea la sede de una asociación cultural en la que se reúna regularmente gente de diversa ideología, pero con preocupaciones similares, para reflexionar en común sobre temas que merecen nuestra atención. En una situación ideal se sentarían en esta mesa personas ateas y religiosas, cazadores y ecologistas, de derechas y de izquierdas, etc, para tratar de escucharse unas a otras, con atención, con respeto, con genuinas ganas de entender. Y el resultado debería ser un librito o cuadernillo que mi futura editorial, Semillero, publicará anualmente. De momento me gustaría que hubiera cinco mesas. Una dedicada al Arte, otra a la Filosofía, a la Política, al Medio Ambiente y al Feminismo. Me han propuesto que se forme otra sobre Educación, y me parece una idea estupenda. Todos estos temas están interrelacionados, claro está, pero me parece más eficaz que los trabajemos por separado. Ya veremos luego si son capaces de aglutinarse de alguna manera. Os animo de todo corazón a formar parte de esta asociación, y a ingresar en una o varias de estas mesas de reflexión colectiva.
Juan Iribas